miércoles, 14 de diciembre de 2016

Exigen que el Estado compre “Venda sexy”, el lugar donde reinó la violencia político sexual de la dictadura

La propiedad, que simbolizó la atrocidad de la violencia política sexual de la dictadura, está en manos de un privado y las organizaciones insisten en que el Estado compre el inmueble para convertirlo en un espacio de memoria.

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Es sabido que los organismos represivos de la dictadura mantuvieron una serie de recintos secretos de detención y tortura esparcidos en diversos puntos de la ciudad y el país.

Pese a que muchos testimonios de los sobrevivientes han contribuido a forjar esos duros fragmentos de la historia para las próximas generaciones, aún es poco conocida la existencia de “La Discoteque o Venda Sexy”, el sórdido nombre con el que apodaron genocidas y torturadores la casa ubicada en la comuna de Ñuñoa.


A diferencia de sitios como Londres 38, José Domingo Cañas y Villa Grimaldi, donde los presos y presas políticas vivieron una serie de torturas de diversa índole, la Venda Sexy fue un espacio marcado por la vejación, la tortura y el abuso sexual más despiadado, por eso le dieron tal nombre. Testimonios y diversas publicaciones han documentado el hecho de que, por ejemplo, un perro era utilizado para violar y humillar sexualmente a quienes se encontraban a merced de la DINA.


En el espacio, donde la violencia sexual se convirtió una despreciable herramienta más de la persecución política, permanecieron detenidos y fueron vistos por última vez diversas personas vinculadas a la lista de los 119 detenidos/as-desaparecidos/as. La casa funcionó desde finales de 1974 a 1975 y se ha explicado que los y las detenidas permanecían con los ojos vendados, separados por sexo, y que sus principales ex agentes y ex colaboradores eran miembros de Carabineros de Chile. Para aislar los sonidos y gritos de los/as prisioneros/as y no llamar la atención de los vecinos, la música resonaba a alto volumen todo el día.

Pese a que en mayo pasado, la Venda Sexy fue declarada Monumento Histórico y Sitio de Memoria “con especial énfasis en género”, la propiedad sigue perteneciendo a un privado, lo que entorpece cualquier utilización de la casa con fines sociales. El dueño, un empresario, compró la casa a bajo precio y sólo años después supo que había sido un centro de tortura.

“Es súper complicado vivir acá, hay que ser fuerte de espíritu. Mis hijos han tenido problemas. Mi hijo menor y el que está en el medio, ven cosas, personas. A veces ven a un niño”, reconoció en una entrevista a The Clinic.

Para las organizaciones de sobrevivientes y activistas por los Derechos Humanos, es necesario que el Estado realice las gestiones para comprar la casa e instaurarlo finalmente como un espacio de memoria, donde la crueldad y la violencia hablan por sí mismas de uno de los capítulos más tristes y angustiosos de la historia.
EL CIUDADANO